viernes, 7 de diciembre de 2012

Los trabajos y los niños

I
Manejan a los niños y niñas incesantemente, los colocan sin escape posible entre sus manos. Y empiezan a amasar. Amasan y amasan día tras día, año tras año. Quieren que la masa salga bien, que la cocción sea perfecta y el pan obtenido no tenga mácula.
Su intención expresa es procurar el bien del infante, su intención inconsciente es dar a la luz una escultura rafaelista, perfecta, incólume, simetriquísima.
Cuanto más se preocupan por ellos, con más afán y dedicación amasan. Son muchas las informaciones pedagógicas recibidas y es mucha, enorme, la responsabilidad. Y actúan en consonancia. Con suma atención, con atención continua, con trabajo incesante. Día tras día; y las noches, igual. Es probablemente el trabajo más agotador después del que tuvieron que soportar los esclavos de Egipto que construyeron la pirámide de Keops.
Y es que la obra que esperan obtener no es menos importante, pues pretenden algo insuperado, nunca visto: el niño perfecto, el ser humano ideal, nacido de sus entrañas y criado a imagen de sus también perfectos pareceres.
Confieren pues a la crianza una importancia tal que no solo dejan de lado la logística doméstica: vocaciones, lazos humanos e íntimas inquietudes quedan aparcadas por tiempo indefinido. Cuando la tarea de amasar, cuidar y proteger la masa humana lo permite, dedican unos minutos, horas quizá, a alguna de esas tareas que solían ilusionar y ocupar sus vidas, pero se hace tan mal, tan atropelladamente, tan sin aliento, que el resultado es agotador y casi siempre insatisfactorio.
II
Con todos mis respetos por la burguesía, no puedo dejar de ver todos estos trabajos como un intento, casi a la desesperada, de alcanzar una seguridad, una «garantía de calidad humana» en sus vástagos, al más puro estilo del burguesito de sociedad opulenta. Algo muy parecido a los convencionales seguros de hogar o contra incendios, que nos tranquilizan ante posibles accidentes o eventuales desgracias. Si lo pensamos bien, se trata de lo mismo: tratar de alcanzar la infalibilidad sobre cosas que, por su propia naturaleza, son inseguras, inciertas y, por supuesto, falibles.
Cualquier persona, por su propia naturaleza, está sujeta de continuo a innumerables riesgos, desde que nace hasta que por fin se cumplen los peores augurios, por lo normal mucho después. Entre ambos eventos entiendo que debe discurrir la libertad de equivocarse para aprender, de adquirir adicciones para aprender a desintoxicarse, de confeccionarse alas para terminar quemándolas, de sucesos tanto felices como traumáticos, tanto beneficiosos para el cutis como capaces de dejar profundas e imborrables cicatrices...

Eso es la vida. Pretender asegurar desde el útero el aspecto, la inteligencia, los saberes y hasta ¡la propia vida! de las personas no solo me parece ridículo: lo veo profundamente pernicioso, muy ligado a un tipo de raza humana que ni siquiera Orwell alcanzó a imaginar. Una raza de personas ajenas al dolor y a los sinsabores, únicamente acostumbradas a mullidos sustratos y a plácidos entornos. Una raza imposible, porque el mundo, lo queramos o no, no es así. No solo no es así, sino que lleva camino de alejarse de esa utopía ñoña del tantas veces cacareado «Estado del Bienestar». En nuestras manos está el criar seres con todas las papeletas para mostrar actitudes neuróticas, o personas con un mínimo de madurez para enfrentarse al duro panorama que se avecina. 
Pero además, el coste de ese intento de alcanzar la perfección es enorme. La apuesta que se hace consiste en poner entre paréntesis un montón cosas importantes para dos personas (a veces incluso más) a cuenta del futuro de otra persona, exactamente del mismo género/especie/raza que sus vástagos. ¿Tiene esto sentido? Un ejemplo concreto: siete adultos en una reunión y un pequeño humano de pocos meses en su hogar sobre ruedas, haciendo pucheros, ruidos diversos, pedorretas, etc., en fin, lo normal. Y bien, el resto de humanos, adultos, ¿qué hacen? ¿Conversan sobre Cristiano Ronaldo o sobre Bartok? ¿Hablan de fotografía, de sus cuentas de Facebook o del imperativo kantiano? ¿Beben un café, infusión o copazo relajadamente o discutiendo animadamente? Nada de eso. Ni lo uno, ni lo otro ni lo de más allá. Nada de eso. Los siete adultos están pendientes de los ires y venires (limitados por motivos anatómicos) del pequeño ser, sin perder detalle de nada, de sus risas, de sus babas, de sus aleteos con las manos, de sus gases... Surrealista espectáculo, sin duda.

 III
En esto de la crianza, como en tantas otras cosas, pienso que mostramos con frecuencia una muy humana ingenuidad. Y es que, a mi entender, la cosa no funciona así.
Porque la masa no es una masa inerte. Pocos se atreven a amasar lo justo, a ojear apenas la receta, a meterla en el horno sin prestar demasiada atención a los números y los tiempos. Si lo hicieran, comprobarían algo que les dejaría perplejos: la masa también se cocina sin todos esos cuidados obsesivos. El bizcochito saldría del horno igual; seguramente no sería un bizcocho perfecto, pero también olería rico y a buen seguro sería comestible. Un bizcocho tan respetable como el que más. ¿O no es así?
Claro, en realidad no se trata de una masa, sino de una persona humana; léase: libre e inteligente por naturaleza, a pesar de todos nuestros afanes. Libre, inteligente e individual; única, intransferible, insobornablemente ella misma, sin adornos, sin tonterías ideológicas, sin estupideces. Ella, mostrando su belleza a los cuatro vientos a quien la quiera ver. La pena es que ni ella misma ni los que la rodean llegarán a reconocerla casi nunca en su unicidad maravillosa; muy pocos o, con mala suerte, nadie, llegará a entender su casi siempre oculta genialidad; nadie o muy, muy pocos, alcanzarán a comprender su chispa de divinidad. Pero este es otro asunto.
Lo esencial, lo inaudito e inefable es la consumación del milagro. Una vez que la llama ha prendido, con suerte, no se apagará en mucho, muchísimo tiempo. El resto son saberes librescos, buenas intenciones idealistas y poco más. Son pedanterías a las que nos empeñamos en dar una categoría que no tienen. Son acciones que se hacen «a agua pasada», cuando ya poco tienen que decir.
La vida lleva siempre otros rumbos. Más inseguros sin duda ninguna que los libros y las ideas; más emocionantes también. Más vivos, que es lo que importa.
Déjense ustedes de papeles y de pancartas. El latido es lo que importa.

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